Tradicionalmente la educación era concebida como agente de la uniformización
cultural: la escuela debía asimilar a los diferentes. Este rol lo cumplió la escuela con la
“asimilación” de los inmigrantes europeos a nuestro país, y trató de cumplirla con los
grupos indígenas, no sólo en Argentina sino en toda Latinoamérica. La cultura
dominante se imponía como el único modelo posible, y la discrepancia con el mismo
constituía la marginalidad.
Esta concepción fracasó en la tarea de integrar en la sociedad global a los
“otros”.
La escuela transmisora de la cultura occidental urbana no logró la misma eficacia
en otros contextos culturales, problema que se ha incrementado actualmente en muchos
países europeos luego de la descolonización de la década del 60, debido a la
inmigración masiva de contingentes asiáticos, africanos y de otras procedencias a las
principales ciudades.